Una teoría de la autodestrucción

Publicado: 03/10/2018
Autor

Manuel Pimentel

El autor del blog, Manuel Pimentel, es editor y escritor. Ex ministro de Trabajo y Asuntos Sociales

La Taberna de los Sabios

En tiempos de vértigo, los sabios de la taberna apuran su copa porque saben que pese a todo, merece la pena vivir

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El gobierno actual es víctima de sus propias palabras, cuando achicharraba al anterior gobierno
A veces, inexplicablemente, los delfines se suicidan en las playas. Orcas y ballenas también agonizan en manada al vararse de forma voluntaria y esforzada en la orilla. Biólogos y oceanógrafos, desconcertados, se afanan en explicar esta absurda profanación del principio de conservación de la vida propia. Quizás, algún día, sus investigaciones den fruto y puedan descubrirnos la razón última de esos misteriosos suicidios colectivos. Ojalá, porque falta nos haría para encontrar así remedio al mal del siglo que nos afecta y aturde.

No son los cetáceos los únicos mamíferos predispuestos al suicidio en grupo. Nosotros, españolitos, también parecemos empeñados en la fúnebre tarea. Queremos autodestruirnos y a ello, diligentemente, nos aplicamos.  Somos nuestro peor enemigo, capaces de lo mejor y lo peor. Oscilamos históricamente entre las pulsiones positivas, de construcción y avance, y las pulsiones negativas de autodestrucción y castigo. Ahora pintan bastos y, como las ballenas suicidas, buscamos playas para vararnos y morir.

Analicemos síntomas para el diagnóstico. Nos autodestruye la sedición golpista de un independentismo catalán, supremacista y faccioso, que ha renovado sus fuerzas bajo la sonrisa cómplice e inexplicable de Sánchez y compañía. ¿Entiende alguien que el gobierno de España le ría las gracias a Torra cuando afirma que hay que atacar al Estado o cuando jalea a los CDR para que aprieten? Ni siquiera los Mossos lo comprenden cuando cargan contra sus barricadas. España, el estado más antiguo de Europa, el más descentralizado, se desangra por el delirio imposible de unos pocos. Y los muchos no parecemos dispuestos a aplicar democracia para hacerles frente, señal inequívoca de que el virus de la autodestrucción habita entre nosotros.

Virus que también nos posee cuando disfrutamos viendo arder en pira pública a los políticos que antes encumbramos. Ayer a unos, hoy a otros y mañana a los que vengan, que más nos da. Rastreamos sus vidas hasta encontrar una mínima excusa para el linchamiento. Pedimos una pureza de sangre que ninguno de nosotros, en verdad, posee. Exigimos un listón que no somos capaces de cumplir en este país de pícaros, que no de delincuentes. El gobierno actual es víctima de sus propias palabras, cuando achicharraba al anterior gobierno. Pero, a nosotros el espectáculo nos divierte, sin ser conscientes de la autodestrucción que late bajo nuestras risas morbosas. Ha hecho bien el Supremo el separar el delito de la picaresca, aunque, me temo, de poco servirá. Queremos sangre y, ya se sabe, el cliente siempre tiene la razón.Incapaces de acordar entre nosotros, nos dedicamos a destruirnos.

Nos autodestruimos cuando empujamos a nuestro sistema de pensiones a la inviabilidad futura. Al gobernante no le preocupa el mañana, atento como está a la subasta en almoneda del voto de hoy. Ya lo pagaremos. Nos autodestruimos al endeudarnos sin límite cuando sabemos que los tipos de interés van a subir. Vamos a sufrir mucho a partir del próximo año, pero eso, ¿a quién le importa? Disfrutemos hoy de la cena abundante que a otros les tocará lidiar con la escasez por venir.

Nadie tira piedras a su propio tejado, afirmaba el viejo refrán. Se equivocaba. Sabemos que nos vamos a estrellar y aceleramos, como parece ser nuestro sino.Deberíamos atender a Camus cuando afirmaba que el acto más importante que realizamos cada día es el de tomar la decisión de no suicidarnos. Nosotros, por el contrario, nos suicidamos un poco cada día.

Una teoría explicaría nuestro ímpetu autodestructivo. Acumulamos una fortísima, ancestral y telúrica energía interna. Y, cuando no tenemos proyecto común para canalizarla, se nos vuelve contra nosotros mismos. Y visto lo visto, vive Dios que es tremenda su energía destructora.

Ojalá sepamos salir del bucle maldito de la autodestrucción. Tenemos tantas cosas buenas por hacer en común, que el suicidio colectivo sería una enorme estupidez. Como escribiera Biggs, quisiera suicidarme, tengo tantos problemas que esa no sería la solución. Pues eso, a resolver problemas y no a regodearnos, irresponsables, mientras los creamos.

 

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